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Hamlet William Shakespeare




Título:    Hamlet

Autor:    William Shakespeare  

Categoria:    Literatura

Idioma:    Espanhol




Hamlet William Shakespeare


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The Tragedie of Hamlet, Prince of Denmarke[1] (A tragédia de Hamlet, príncipe da Dinamarca), geralmente abreviada apenas como Hamlet, é uma tragédia de William Shakespeare, escrita entre 1599 e 1601.[2][3] A peça, situada na Dinamarca, reconta a história de como o Príncipe Hamlet tenta vingar a morte de seu pai, Hamlet, o rei, executado por Cláudio, seu irmão, que o envenenou e em seguida tomou o trono casando-se com a rainha. A peça traça um mapa do curso de vida na loucura real e na loucura fingida — do sofrimento opressivo à raiva fervorosa — e explora temas como a traição, vingança, incesto, corrupção e moralidade. (Wikipedia)


Prólogo

La presente Tragedia es una de las mejores de Guillermo
Shakespeare, y la que con más frecuencia y aplauso público se
representa en los teatros de Inglaterra. Las bellezas admirables que en
ella se advierten y los defectos que manchan y obscurecen sus
perfecciones, forman un todo extraordinario y monstruoso: compuesto
de partes tan diferentes entre sí, por su calidad y su mérito, que
difícilmente se hallarán reunidas en otra composición dramática de
aquel autor ni de aquel teatro; y por consecuencia, ninguna otra hubiera
sido más a propósito para dar entre nosotros una idea del mérito poético
de Shakespeare, y del gusto que reina todavía en los espectáculos de
aquella nación.
En esta obra se verá una acción grande, interesante, trágica; que
Si non errasset, fecerat

ille minus.
Martialis epigrammat, lib.
I.

desde las primeras escenas se anuncia y prepara por medios
maravillosos, capaces de acalorar la fantasía y llenar el ánimo de
conmoción y de terror. Unas veces procede la fábula con paso animado
y rápido, y otras se debilita por medio de accidentes inoportunos y
episodios mal preparados e inútiles, indignos de mezclarse entre los
grandes intereses y afectos que en ella se presentan. Vuelve tal vez a
levantarse, y adquiere toda la agitación y movimiento trágico que la
convienen, para caer después y mudar repentinamente de carácter;
haciendo que aquellas pasiones terribles, dignas del coturno de
Sófocles, cesen y den lugar a los diálogos más groseros, capaces sólo de
excitar la risa de un populacho vinoso y soez. Llega el desenlace donde
se complican sin necesidad los nudos, y el autor los rompe de una vez,
no los desata; amontonando circunstancias inverosímiles que destruyen
toda ilusión, y ya desnudo el puñal de Melpómene, le baña en sangre
inocente y culpada; divide el interés y hace dudosa la existencia de una
providencia justa, al ver sacrificados a sus venganzas en horrenda
catástrofe, el amor incestuoso y el puro y filial, la amistad fiel, la
tiranía, la adulación, la perfidia y la sinceridad generosa y noble. Todo
es culpa; todo se confunde en igual destrozo.
Tal es en compendio la Tragedia de Hamlet, y tal era el carácter
dramático de Shakespeare. Si el traductor ha sabido desempeñar la
obligación que se impuso de presentarle como es en sí, no añadiéndole
defectos, ni disimulando los que halló en su obra; los inteligentes
deberán juzgarlo. Baste decir, que para traducirla bien, no es suficiente
poseer el idioma en que se escribió, ni conocer la alteración que en él ha
causado el espacio de dos siglos; sin identificarse con la índole poética
del autor, seguirle en sus raptos, precipitarse con él en sus caídas,
adivinar sus misterios, dar a las voces y frases arbitrariamente
combinadas por él la misma fuerza y expresión que él quiso que
tuvieran, y hacer hablar en castizo español a un extranjero, cuyo estilo,
unas veces fácil y suave, otras enérgico y sublime, otras desaliñado y
torpe, otras obscuro, ampuloso y redundante, no parece producción de
una misma pluma; a un escritor, en fin, que ha fatigado el estudio de
muchos literatos de su nación, empeñados en ilustrar y explicar sus
obras; lo cual, en opinión de ellos mismos, no se ha logrado todavía
como era menester.
Si estas consideraciones deberían haber contenido al traductor y
hacerle desistir de una empresa tan superior a su talento, le animó por
otra parte el deseo de presentar al público español una de las mejores

piezas del más celebrado trágico inglés, viendo que entre nosotros no se
tiene todavía la menor idea de los espectáculos dramáticos de aquella
nación, ni del mérito de sus autores. Otros, quizás, le seguirán en esta
empresa y fácilmente podrán obscurecer sus primeros ensayos; pero
entretanto no desconfía de que sus defectos hallarán alguna indulgencia
de parte de aquellos, en quienes se reúnan los conocimientos y el
estudio necesarios para juzgarle.
Ni halló tampoco en las traducciones que los extranjeros han hecho
de esta Tragedia, el auxilio que debió esperar. Mr. Laplace imprimió en
francés una traducción de las obras de Shakespeare, que a pesar de sus
defectos, no dejó de merecer aceptación; hasta que Mr. Letourneur
publicó la suya, que es sin duda muy superior a la primera. Este literato
poseía perfectamente el idioma inglés, y hallándose con toda la
inteligencia que era menester para entender el original, pudiera haber
hecho una traducción fiel y perfecta; pero no quiso hacerlo.
Había en su tiempo en Francia dos partidos muy poderosos, que
mantenían guerra literaria y dividían las opiniones de la multitud.
Voltaire apasionado del gran mérito de Racine, profesaba su escuela, se
esforzó cuanto pudo por imitarle, en las muchas obras que dio al teatro,
y este ilustre ejemplo arrastro a muchos Poetas, que se llamaron
Racinistas. El partido opuesto, aunque no tenía a su frente tan temible
caudillo, se componía no obstante de literatos de mucho mérito; que
prefiriendo lo natural a lo conveniente, lo maravilloso a lo posible, la
fortaleza a la hermosura, los raptos de la fantasía a los movimientos del
corazón, y el ingenio al arte; admirando los aciertos de Corneille, se
desentendían de sus errores e indicaban como segura y única la senda
por donde aquel insigne Poeta subió a la inmortalidad. Pero todos sus
esfuerzos fueron vanos. La multitud de papeles que diariamente se
esparcían por el público, ridiculizando la secta Racinista y apurando
para ello cuantas sutilezas sugiere el ingenio y cuantos medios buscan la
desesperación y la envidia; si por un momento excitaban la risa de los
lectores, caían después en obscuridad y desprecio, cuando aparecía en la
escena francesa la Fedra, la Ifigenia, el Bruto o el Mahomet. Entonces
se publicó la traducción de Letourneur; impresa por suscripción,
dedicada al Rey de Francia y sostenida por el partido numeroso de
aquellos a quienes la reputación de Voltaire atropellaba y ofendía.
Tratose, pues, de exaltar el mérito de Shakespeare y de presentarle a la
Europa culta como el único talento dramático digno de su admiración, y
capaz de disputar la corona a los Eurípides y Sófocles. Así pensaron

abatir el orgullo del moderno trágico francés, y vencerle con armas
auxiliares y extranjeras, sin detenerse mucho a considerar cuán poca
satisfacción debía resultarles de una victoria adquirida por tales medios.
Con estos antecedentes, no será difícil adivinar lo que hizo
Letourneur en su versión de Shakespeare. Reunió en un discurso
preliminar y en las notas y observaciones con que ilustró aquellas obras,
cuanto creyó ser favorable a su causa, repitiendo las opiniones de los
más apasionados críticos ingleses en elogio de su compatriota,
negándose voluntariamente a los buenos principios que dictaron la
razón y el arte y estableciendo una nueva Poética, por la cual, no sólo
quedan disculpados los extravíos de su idolatrado autor, sino que todos
ellos se erigen en preceptos recomendándolos como dignos de imitación
y aplauso.
En aquellos pasajes en que Shakespeare, felizmente sostenido de su
admirable ingenio, expresa con acierto las pasiones y defectos humanos,
describe y pinta los objetos de la naturaleza o reflexiona melancólico
con profunda y sólida filosofía, allí es fiel la traducción; pero en
aquellos en que se olvida de la fábula que finge, del fin que debió en
ella proponerse, de la situación en que pone a sus personajes, del
carácter que les dio, de lo que dijeron antes, de lo que debe suceder
después; y acalorado por una especie de frenesí, no hay desacierto en
que no tropiece y caiga; entonces el traductor francés le abandona y
nada omite para disimular su deformidad, suponiendo, alterando,
substituyendo ideas y palabras suyas a las que halló en el original;
resultando de aquí una traducción pérfida o por mejor decir, una obra
compuesta de pedazos suyos y ajenos, que en muchas partes no merece
el nombre de traducción.
Lejos, pues, de aprovecharse el traductor español de tales versiones,
las ha mirado, con la desconfianza que debía, y prescindiendo de ellas y
de las mal fundadas opiniones de los que han querido mejorar a
Shakespeare con el pretexto de interpretarle, ha formado su traducción
sobre el original mismo; coincidiendo por necesidad con los traductores
franceses, cuando los hallo exactos, y apartándose de ellos cuando no lo
son, como podrá conocerlo fácilmente cualquiera que se tome la
molestia de cotejarlos.
Esto es sólo cuanto quiere advertir acerca de su traducción. La vida
de Shakespeare y las notas que acompañan a la Tragedia, son obra suya,
y a excepción de una u otra especie que ha tomado de los comentadores

ingleses (según lo advierte en su lugar) todo lo demás, como cosa
propia, lo abandona al examen de los críticos inteligentes.
Si se ha equivocado en su modo de juzgar o por malos principios o
por falta de sensibilidad, de buen gusto o de reflexión, no será inútil
impugnarle; que harto es necesario agitar cuestiones literarias relativas a
esta materia para dar a nuestros buenos ingenios ocupación digna, si se
atiende al estado lastimoso en que yace el estudio de las letras humanas,
los pocos alumnos que hoy cuenta la buena poesía y el merecido
abandono y descrédito en que van cayendo las producciones modernas
del teatro.


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